
Cada jueves por la noche me entra un deseo irrefrenable de escribir sobre la serie de televisión "Águila Roja".
Un deseo que se basa en las ganas de liberar de mi interior todo el despropósito, banalidad y cutrez que una serie de televisión puede desprender.
La serie del pollo colorao se supera semana a semana. Entremezcla géneros, épocas y estilos sin ningún rubor. Su guión no sería digno ni de serie Z, sus diálogos producen vergüenza ajena, la mayoría de sus actores tienen la expresividad de la suela de un zapato (otros, ni eso), los decorados cantan a la legua entre tanto cartón piedra y plástico, la iluminación es propia de un escaparate del Corte Inglés (eso, cuando iluminan). El vestuario sigue la básica premisa de conseguir el escote más grande en cada escena (da igual si el personaje es cortesana, vasalla o monja).
El último giro de guión aprovechando el tirón de la película "Lobezno" raya el delirio.
¿Y qué decir de la banda sonora? Que parece que en cualquier momento va a salir la mujer de Maximo Meridio entre los trigales de Trujillo...
Y es que ya saben lo que dicen: "Ave que no vuela, a la cazuela"
Pero el ser humano es sorprendente, y el televidente medio aún más. mientras productos como "Guante Blanco" o "Vientos de Agua" (por hablar sólo de spanish tv) se hundían en el voraz filtro de las audiencias, el pájaro este consigue superar cada semana los cuatro millones de espectadores.
Sería incapaz de destacar alguna cosa positiva de esta serie, porque es mala, mala, mala... "Águila Roja", una serie de capa, katana, caspa y desgana.
Pero les confesaré un secreto: ¡estoy enganchado a ella!
Habrá que creer…
Hace 12 años


